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El arpa de Nefertari
Tipo de proyecto
Relato a partir de una imagen
Fecha
September 7th, 2024
La reina Nefertari amaneció una mañana cualquiera bajo el sol de “la Ciudad Turquesa”, que se filtraba entre las cortinas de lino de sus aposentos, entre el dulce olor del trigo y el rumor del Avaris. Había tenido un sueño intranquilo y empezó a pensar en las tareas que la distraerían durante el día, mientras sus sirvientas la peinaban y vestían.
Su marido debía estar ya reunido con sus asesores y, aunque sabía que todas las puertas estaban siempre abiertas para ella, desechó casi de inmediato la idea de unírsele. Ramsés confiaba enormemente en las capacidades de su esposa, pero el consejo de hombres que le rodeaba detestaba la presencia de una mujer dotada con una mente política brillante. Esa hostilidad no haría más que incrementar la inquietud del sueño que aún la acompañaba.
Decidió preguntarle a su despreocupada hermana Isis, de un rango inferior y por lo tanto con menos responsabilidades y más tiempo libre para perseguir sus intereses, con qué ocupar su tiempo de la tarde. Mientras descansaban sentadas en uno de los numerosos jardines del palacio, su hermana le recordó su interés por la música. Es cierto que siempre había disfrutado de los conciertos ofrecidos en las festividades, y ella misma tocaba el arpa desde niña. Mandó a una de sus acompañantes buscar su arpa y, animada por Isis, siguió sus instrucciones para dirigirse a las partes más humildes de palacio; donde los pasillos se estrechaban y vivía el servicio, y donde en una pequeña sala de piedra se reunía un grupo de mujeres que tocaban instrumentos.
Al ver aparecer a la Gran Esposa Real en la sala, las tres mujeres que allí se encontraban se inclinaron torpemente a sus pies, presas del asombro. Al explicar sus intenciones, las mujeres le aseguraron que sólo eran aficionadas y que su música no sería del gusto de la reina, pero ella les aseguró que le encantaría acompañarlas y que, en cualquier caso, las escucharía primero para juzgar sus habilidades ella misma.
Dos de las mujeres estaban ya bien entradas en la edad adulta, mayores que Nefertari. La otra, vestida con un sencillo vestido blanco que le quedaba ancho, era más joven y cercana a la edad de la reina. Fue entonces mientras la observaba, cuando la joven alzó el rostro de la flauta que sostenía y clavó sus ojos negros en los de Nefertari. Esos ojos obligaron a la reina a retroceder en el tiempo y sumirse en sus recuerdos.
Diez años atrás, la reina Nefertari sólo era una hija, una niña criada en una buena familia de arquitectos. Vivía en una casa modesta, dentro del complejo de palacio y solía salir a orillas del río para jugar con la hija del carpintero. Esa niña de tez morena y ojos negros como el tizón llevaba siempre consigo una flauta de madera que le había hecho su padre, para tocarla sentada entre los juncos. Nefertari llevaba a veces, también, su primera arpa; y juntas practicaban una melodía que la niña se había inventado. Las notas brotaban de los agujeros de la flauta como el silbido de un jilguero y se mezclaban con el ruido de las aguas a sus pies. La joven Nefertari aún no estaba prometida con el faraón, no tenía responsabilidades ni ambiciones. La inocencia aún no había abandonado su espíritu, ni había sido sustituida por un asfixiante sentido del deber. Disfrutaba de la música con los ojos cerrados, sintiendo el calor reconfortante del sol en su cara.
La flautista apartó la mirada de la reina, y ésta volvió al presente con un pestañeo. Estaba casi segura de que la chica que tenía en frente era, en realidad, su antigua amiga de la infancia, aunque ella no pareciese haberla reconocido. Recordaba vívidamente tantas tardes tocando con la hija del carpintero; pero la joven música no se dirigió a ella y siguió charlando con sus compañeras, decidiendo qué pieza tocar. Pensó decepcionada que quizá no era ella su amiga, después de todo.
Por fin, las mujeres se dispusieron a tocar y empezaron a entonar una alegre canción. Excepto la más joven, que permaneció unos segundos en silencio, sosteniendo su flauta con los ojos cerrados de concentración. Las mayores alternaron miradas de nerviosismo entra la flautista y la reina. Sin embargo, la reina no se inmutó y esperó atenta. La joven entonces alzó su flauta y tocó, al principio con dubitación, una melodía más lenta y nostálgica. Nefertari la reconoció al instante y las otras mujeres pararon de tocar al percibir su emoción.
Cuando la hija del carpintero terminó de tocar su canción, dirigió la mirada hacia su amiga y esbozó una sonrisa divertida. La reina Nefertari le correspondió con una enorme sonrisa, la más grande que había regalado en lo que le parecieron años.

